Cuando entro en la Sala del Miedo

Cuando entro en la sala del miedo

En este artículo no voy a contarte nada nuevo. A cambio, intentaré mostrarte cómo gestiono yo los viejos fantasmas que a veces me acechan en los momentos bajos. Son los recuerdos, las experiencias que habitan en ese espacio mental donde guardo lo ingrato, lo molesto, lo dañino, lo vergonzoso. Esa puerta que nunca queremos abrir por miedo, precisamente, a lo que pueda haber detrás. Por eso me gusta llamarla la sala del miedo: donde viven los monstruos.

Y es que a veces no puedo evitar (igual que tú) que se abra dicha puerta. Cuando eso pasa, pienso qué puedo hacer con la amalgama de experiencias desagradables que hay ahí dentro. A veces esos pensamientos me dan para agradecer algunas experiencias desagradables (has leído bien: agradecer), otras para pedir perdón, otras para perdonar y otras (intento que sean las menos) sólo me dan para guardar rencor.

Por eso, y a modo de ejemplo, hoy voy a agradecer algunas cosas:

A ti, que mermaste mi personalidad hasta el punto de casi extinguirme. Quiero agradecerte el haberme colocado en la posición de una persona maltratada, mejor dicho, que se dejó maltratar. Gracias a ti, hoy sé lo que no tengo que volver a repetir. Gracias a ti entiendo el valor del amor, el de verdad, no del que teníamos tú y yo: dependiente, miedoso y receloso. Gracias porque hoy puedo cultivarlo de otra manera.

También quería darte las gracias a ti, que me juzgaste sin preguntar primero. Hoy entiendo que gracias a tus juicios (muchos de ellos tenían más que ver contigo que conmigo) pude ver las miserias que yo mismo me ocultaba. Gracias por permitirme ver la parte con menos luz que habita dentro de mí, porque aunque siempre me costará trabajo, gracias a ti soy capaz de mirar más profundamente que antes. Hoy puedo ver mi inseguridad, mi sensación recidivante de discapacidad, insuficiencia e ineptitud. Resulta que cuando las miro de frente se achantan. Gracias por la fortaleza que me aportaste.

Luego estás tú, a quien agradezco que me trataras como si no fuera nadie. Me hiciste ver que en realidad tenías razón, no soy nadie, pero también comprendí que puedo permitirme no ser nadie para mí, pero no para otros cuando éstos quieren hacerme de menos. Tu manera de tratarme me enseñó orgullo para conmigo. Gracias por esto, es un alivio ir madurando poco a poco

Y por otro lado estás tú, que desprestigiaste mis éxitos porque no eran los tuyos. Gracias por enseñarme cuán importante era para mí la opinión de los demás. Gracias por ayudarme a desligarme de aquello y ver que no me hacía falta tu beneplácito, ni tu aplauso, ni tus palmaditas en la espalda. Gracias por enseñarme a dejar de poner mi autoestima fuera. Fue una gran lección para mí.

Cuando en lugar de recrearme en el dolor producido por aquellas experiencias, decido sacar la parte positiva y agradecerlas, la incomodidad que me producen amaina.

Por otro lado, algo que también ayuda en esto es pedir perdón. En este sentido, mi no tan corta experiencia y algunos golpes bien merecidos, me enseñaron a ganar en humildad. Así es que a veces uso esa humildad para pedir disculpas, porque eso es lo que hay que hacer cuando se erra. A modo de ejemplo:

Te pido perdón de todo corazón por agarrarme a ti como clavo ardiendo, por no ser lo suficientemente valiente como para aceptar que no te quería. Te engañé y manipulé sin darme cuenta, y eso contribuyó enormemente a convertirte en quien tanto daño me hizo. Seguramente, en parte me lo merecí.

A ti te pido disculpas por creerme más que tú: más listo, más justo, más honrado, más auténtico… Era todo mentira. Te pido perdón por necesitar hacerte de menos para yo poder sentirme más. No tenía derecho. Hoy entiendo que contraatacaste con lo que pudiste, no te culpo.

Perdóname también tú, si puedes, por seguir juzgándote cuando has trabajado tanto por mejorar algunos aspectos de tu interior. Perdóname por seguir enquistado en algunas ideas sobre ti ya obsoletas. Y, sobre todo, por pagar contigo viejas rencillas personales con las que no tenías nada que ver. En adelante, prometo mirarte como te mereces.

Y perdóname tú también, por hacerte culpable de lo que no lo eras. En aquel momento necesité ver fuera la culpa que llevaba dentro, y la encontré en ti. Perdóname, nunca fuiste culpable de nada aunque tuvieras algo de responsabilidad. Porque lo último no necesariamente conlleva lo primero.

Esta suerte de diálogo puede ser exclusivamente interno o puedo externalizarlo si así lo siento. En ambos casos tendrá un efecto analgésico para mis emociones dolientes. No obstante, sé que todo será más útil si ese diálogo lo externalizo con la persona pertinente, porque de esa manera estaré cerrando un capítulo doloroso de mi vida.

Siguiendo con las estrategias que uso en la sala del miedo, además de agradecer y pedir disculpas, también perdono. Perdono a quien me dañó, a quien me humilló, a quien me mermó, a quien me juzgó, a quien me mintió, a quien me traicionó, a quien abusó de mi confianza… Y –tal vez el perdón más duro de todos- a mí mismo por permitir todo aquello. A veces me cuesta muchísimo, y nunca fuerzo el perdón hasta que no llega su justo momento. Porque el perdón es como los magos, pues no llega ni pronto ni tarde, llega cuando tiene que llegar. Forzarlo es engañarme.

Así es que muchas veces entro en la sala del miedo y me doy cuenta de que no estoy preparado para perdonar, tampoco para agradecer o pedir perdón. Cuando eso pasa, lo que me queda es guardar rencor. Pero una vez me di cuenta de algo: cuando dejas que el rencor campe a sus anchas durante demasiado tiempo, le estás ofreciendo un espacio de tu mente a esa persona que te hizo daño. Es decir, mientras te muestras rencoroso una parte de ti sigue estando afectada por aquella persona, ergo sigue influyendo sobre ti sin que tú puedas controlarlo.

Por eso, cuando perdonas no lo haces para que la otra persona se sienta mejor. Si perdonas, hazlo porque TÚ lo necesitas. Perdona como gesto simbólico para liberar de tu mente ese espacio que sigue estando ocupado por quien te hizo daño. Perdonando le dejas marchar y también te liberas tú de esa carga. Porque perdonar no necesariamente significa que alguien vuelva a formar parte de tu vida. Desde un punto de vista emocional, perdonar es liberar ese espacio dentro de ti sobre el cual no tenías el control. Perdonar también es liberarte del dolor que te carcomía. Perdonar es romper la coraza del rencor porque nadie tiene derecho (por muy dañino que haya sido) a convertirte en alguien rencoroso, carcomido por su propia hiel. Perdona, y dejarás de otorgarle ese poder a otras personas.

Con todo, ya ves que no hay monstruo ni fantasma del pasado suficientemente grande en la sala del miedo, como para no poder mirarlo de frente y gestionar desde tu interior el daño que te vino de fuera. A mí me funciona… al menos a veces. ¿Y a ti…? Hagamos una prueba:

Agradece a una persona de tu entorno alguna experiencia negativa de la cual hayas podido extraer un aprendizaje positivo.

Pide perdón a alguien que conozcas por aquel comportamiento del que tanto te avergüenzas.

Perdona de corazón a alguien que ejerciera sobre ti un profundo daño.

Alfonso García-Donas. Psicólogo y Coach

Sé lo que es Ser Adolescente

SÉ LO QUE ES SER ADOLESCENTE

Este artículo no es para ti, es para tu hijo/a si es adolescente. ¿Podrías llamarle o imprimirle estas páginas para que las lea? ¡Gracias!

Hola amigo/a. ¿Eres adolescente? Pues estas líneas son para ti. Quiero agradecerte el tiempo y esfuerzo que te supone leer esto. Ya sé que tienes millones de cosas mucho más interesantes que hacer ahora mismo. Aún y así, me gustaría pedirte unos minutos de tu vida para transmitirte algunas ideas que podrían interesarte.

Sé que tu vida es bastante frustrante en muchas ocasiones. Recibes presiones de tus padres, de tus profesores/as y, en general, de todas las personas adultas que tienes alrededor: que si hagas los deberes, que si estudies para el examen, que si recojas tu cuarto, que si no dejes la ropa tirada por ahí, que si no me hables así… Un rollo, lo sé, pero es que como le dijo Jeor Mormont a Jon Snow en Juego de Tronos: <<para poder dar órdenes, primero hay que aprender a recibirlas>>. Es así de sencillo.

La cuestión es que tu vida está llena de personas adultas que te dicen lo que tienes que hacer. Pero tu mente te ordena que hagas justo lo contrario. Lo que pasa en realidad es que “los mayores” saben que estás en una etapa de crecimiento (de evolución) y, aunque te parezca increíble, buscan lo mejor para ti. Sí, sí, lo sé, eso es lo que te dice todo el mundo. Lo que no te dice todo el mundo es que no siempre necesitas que te digan lo que debes hacer todo el rato, igual con un poco más de espacio vital harías las cosas de otra manera… ¿Quién sabe?

Lo que sí sé seguro es que la mayoría de personas adultas ven la adolescencia como una etapa convulsa, como una bomba que está a punto de explotar en cualquier momento. Y lo piensan porque se les ha olvidado lo que significa ser adolescente. Sin embargo, para mí adolescencia significa OPORTUNIDAD.

Hasta hace poco eras un/a niño/a, pero ya no. Estás cambiando y toda esa marabunta de cambios internos y externos hacen que a veces te cueste comprender el mundo. Insisto, la adolescencia es la oportunidad que te da la vida de convertirte en una persona adulta que tú quieras ser.

Es como la transformación que sufre un gusano cuando quiere convertirse en mariposa, aunque primero debe pasar un tiempo metido en su capullo. ¡Tranquilo/a! No te estoy llamando ni gusano ni capullo. Lo que digo es que estás en esa etapa en la que quieres convertirte en mariposa, un ser lleno de color y que puede volar por sí mismo/a. Eso es lo que significa transformarse en adulto/a y tú, querido/a amigo/a, estás justo en esa etapa. Pero para llegar hasta la vida adulta debes pasar por un montón de transformaciones, tanto físicas como mentales.

Por eso, me permito darte algunos trucos para hacer ese camino más amable. La primera recomendación es que empieces a aceptar la transformación, porque no tienes otra opción. La vida no hay quien la pare y el tiempo no espera a nadie. Cambiar es tan inevitable como que la lluvia caiga hacia abajo.

Por ello, sé que a veces sientes que nadie te entiende y otras veces, aunque te entiendan, te tratan como si todavía fueras un/a niño/a, lo cual te enfada muchísimo. Por eso y porque aprecio la etapa adolescente como la más importante de un ser humano, me gustaría darte algunos consejos más si tienes a bien aceptarlos.

La segunda recomendación es que te lleves lo mejor posible con los adultos que te rodean, aunque no siempre te apetezca. Sé que es un rollo, pero créeme cuando te digo que por ahora es la mejor manera de caminar por la vida. Insisto, para poder dar órdenes, primero hay que aprender a recibirlas.

Vamos a centrarnos en tu familia. ¿Por qué es bueno que escuches (fíjate que sólo digo “escuchar”) lo que te dicen tus padres? Es simple, porque ellos ya pasaron por ahí y porque actúan desde el amor incondicional que sienten por ti. Siempre con la mejor de las intenciones, aunque a veces comentan errores. Tus padres son más viejos y sabios que tú, lo que les da la capacidad de tomar decisiones más acertadas. Por otro lado, son menos entusiastas y divertidos. Por eso, toma en cuenta su opinión para las cosas importantes y para las que no, haz lo que creas mejor para ti.

Sea como sea, voy a contarte a qué tienes derecho dentro de casa (y fuera de ella):

  • Tienes derecho a tomar tus propias decisiones, incluso cuando a la larga resulten equivocadas.
  • Tienes derecho, por lo tanto, a cometer errores.
  • Tienes derecho a expresar tu opinión respetuosamente.
  • Tienes derecho a ser un poco rebelde, siempre que ello no implique hacer daño a quienes están a tu alrededor.
  • Tienes derecho a pedir con educación aquello que consideres que en justicia te pertenece.
  • Tienes derecho a tener tiempo libre.
  • Tienes derecho a tener un carácter entusiasta, divertido, espontáneo y sincero.
  • Tienes derecho a decidir lo que quieres estudiar y a lo que te quieres dedicar en el futuro.
  • Tienes derecho a elegir a tus amigos/as.
  • Tienes derecho a elegir tu religión, tus creencias más profundas, o a ser una persona atea.
  • Tienes derecho a cambiar de opinión.
  • Tienes derecho a elegir tu sexualidad, sea cual sea.
  • Tienes derecho a recibir una educación.
  • Tienes derecho a que tus necesidades básicas estén cubiertas.
  • Tienes derecho a intentar cambiar el mundo siguiendo tus convicciones.
  • Y tienes derecho, sobre todo, a ser tú mismo/a.

¡Fíjate todos los derechos que tienes! Aprovéchalos bien. Y aquí viene mi tercera recomendación: que nadie venga a contarte que no tienes esos derechos, porque los tienes, son tuyos.

Por otro lado, la cuarta recomendación es que a la misma vez que tienes claros aquellos derechos, resulta igual de importante saber a qué no tienes derecho:

  • No tienes derecho a maltratar a tus padres, hermanos/as, amigos/as o cualquier persona que esté cerca de ti, ni física ni psicológicamente.
  • No tienes derecho a exigir de malas maneras.
  • No tienes derecho a expresarte gritando o insultando.
  • No tienes derecho a golpear a nadie.
  • No tienes derecho a desobedecer sistemáticamente (es decir, siempre) a tus padres y profesores/as.
  • No tienes derecho a comportarte como un/a cochino/a en casa, ni fuera de ésta.
  • No tienes derecho a saltarte las normas a la torera.
  • No tienes derecho a no colaborar en casa con aquello que se te pida educadamente.
  • No tienes derecho a pedir, pedir, pedir… Sin ofrecer nada a cambio.
  • No tienes derecho a creerte mejor que nadie. No eres menos que nadie, pero tampoco eres más.
  • No tienes derecho a exigirle a nadie que entienda tu punto de vista.
  • Y no tienes derecho, sobre todo, a pedirle a nadie que sea como tú eres o como te gustaría que fuera.

Tener en cuenta tus derechos y tus <<no derechos>> reducirá drásticamente la probabilidad de que cometas errores que luego juzgarás como estúpidos.

Con todo, la quinta recomendación: trabaja para labrarte un buen futuro. Tu padre y tu madre trabajan dentro y fuera de casa. Trabajan duramente para que a ti no te falte de nada. ¿Cuál es tu trabajo, entonces? Estudiar. Métetelo en la cabeza. Para poder ser esa mariposa que vuela libre e independiente, primero has de cumplir el trabajo más importante de tu vida: adquirir una profesión. No te estoy diciendo que saques dieces, que seas el/la primero/a de la clase, ni que vayas a la universidad si no lo deseas. Te estoy invitando a que te labres un futuro.

Por lo tanto, sexta recomendación: sigue tu corazón y realiza aquello que te guste. No lo que los demás quieren que seas, no lo que te dicen que tiene más salida, no lo que los demás esperan de ti… Haz sólo lo que te haga sentir un cosquilleo en la boca del estómago. Y para ello no hay mejor manera que estudiando aquella profesión que más te guste. Lo que sea, seguramente tus padres pongan todo lo que está en su mano para ayudarte a conseguirlo. Posiblemente ellos pongan todo lo que esté en su mano por ayudarte a cambio tan sólo de respeto y compromiso con tu trabajo. Nada más…, ni nada menos.

Sé que a veces es difícil, que algunos días estás deseando largarte de casa, que muchas veces te sientes incomprendido/a, que muchos días el mundo es para ti un lugar incómodo… Pero también sé que tienes una fuerza en tu interior que difícilmente volverás a sentir cuando te transformes en mariposa. Esa fuerza que te hace ser joven, tener ilusión, salir del capullo y tener ganas de comerte el mundo no volverá si no la cultivas y la potencias ahora.

Y no hay mejor manera de hacerlo que (y aquí viene la séptima y última recomendación) comprometiéndote con tu trabajo para llegar a ser quien tú quieras ser, aprovechando tu tiempo libre para divertirte y escuchando a quienes son más viejos y sabios que tú, aunque luego tomes tus propias decisiones.

Con todo, te doy las gracias por tomarte la molestia de regalarme estos minutos de tu tiempo. Espero haberte aportado algo sobre lo que poder reflexionar el resto de tu vida. Porque amigo/a, la vida es una sucesión de pasos que nunca volverás a dar. Y esta etapa en concreto, la de la adolescencia, es la oportunidad que te da la misma vida de ser quien tú quieras ser.

 

¡PUES ADELANTE!

 

Alfonso García-Donas.

Psicólogo.